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UNGIDOS PARA ABRIR PUERTAS

hace 2 días
4 min de lectura
«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido […] a pregonar libertad a los cautivos y […] a poner en libertad a los oprimidos».— - Isaías 61:1

En Isaías 61 encontramos una de las promesas más poderosas de restauración y libertad. El profeta habla de un Ungido que vendría con la capacidad dada por Dios para anunciar buenas noticias a los abatidos, sanar a los quebrantados de corazón y proclamar libertad a los cautivos.


Esta promesa adquiere un significado pleno en Jesús. Cuando, siglos después, Jesús entra en la sinagoga y lee este pasaje, declara que esa Escritura se ha cumplido delante de ellos. Con esas palabras está afirmando quién es y cuál es su misión: Él es el Libertador.

Pero ¿de qué quiere liberarnos Jesús? Y, sobre todo, ¿qué significa experimentar verdaderamente esa libertad?


1. Hay cadenas que no siempre se ven

Cuando pensamos en esclavitud, probablemente imaginamos situaciones evidentes: una adicción, el alcohol, las drogas o cualquier otra dependencia. Sin embargo, existen cadenas mucho más discretas. Pueden permanecer ocultas durante años y, aun así, limitar profundamente nuestra vida.


Hay personas atadas al pecado, a la culpa, a la vergüenza, al resentimiento, al dolor, a la mentira, a la avaricia o a hábitos que mantienen en secreto. También existen heridas del pasado que continúan condicionando nuestro presente: experiencias dolorosas, abusos, errores, relaciones rotas o situaciones que nunca hemos conseguido cerrar.


El problema es que podemos acostumbrarnos a vivir con esas cadenas. Podemos conocer la iglesia, participar en sus actividades y tener una relación con Cristo y, al mismo tiempo, conservar áreas de nuestra vida en las que seguimos atrapados. El pecado esclaviza. Jesús mismo enseñó que quien practica el pecado se convierte en esclavo del pecado. Y esa esclavitud no afecta únicamente al presente: muchas veces el pasado termina hipotecando nuestro futuro porque no hemos sido capaces de cerrar determinados capítulos.


Por eso, el primer paso hacia la libertad es la sinceridad. Necesitamos reconocer nuestra realidad delante de Dios, sin esconder aquello que nos duele ni aquello de lo que nos avergonzamos. La libertad comienza cuando dejamos de ocultar nuestras cadenas y permitimos que Cristo intervenga.


2. La verdadera libertad no nace de nuestra fuerza, sino de Cristo

A menudo pensamos que para superar nuestras cadenas necesitamos simplemente más fuerza de voluntad, disciplina o capacidad personal. Pero el mensaje de Isaías 61 apunta en otra dirección: viene alguien que tiene poder para liberar. La historia de Aida Pico fue una imagen inolvidable de esa verdad. Había sido adicta a las drogas y llegó a mostrar las marcas que aquella vida había dejado en su cuerpo. Su testimonio era sencillo: solo Jesús había podido librarla. Aquella experiencia permitió comprender que Cristo no solamente perdona nuestros pecados, sino que también puede romper las cadenas que nos mantienen esclavizados.


La misma verdad aparece repetidamente en las Escrituras. Pedro estaba encarcelado y encadenado cuando un ángel del Señor lo despertó. Entonces las cadenas se desprendieron de sus manos y las puertas de la cárcel se abrieron. Pablo y Silas vivieron algo parecido en la cárcel de Filipos. A pesar de encontrarse en el calabozo más profundo, con los pies sujetos al cepo, comenzaron a adorar a Dios. Entonces ocurrió un terremoto y las puertas de la cárcel se abrieron, mientras las cadenas se soltaron.


Estos relatos apuntan a una misma realidad: Cristo tiene poder para hacer lo que nosotros no podemos hacer por nosotros mismos. Pablo expresa esta lucha de manera muy clara cuando reconoce que quiere hacer el bien, pero termina haciendo aquello que no desea. Ante su propia incapacidad pregunta quién podrá librarlo y responde dando gracias a Dios por medio de Jesucristo.


Por eso, la libertad cristiana no consiste simplemente en aprender un método para controlar nuestros problemas. No se trata de hacer nuestra celda más cómoda ni de aprender a convivir con las cadenas. Jesús vino a abrir la puerta. Él no quiere que aprendamos a vivir dentro de nuestra cárcel; quiere sacarnos de ella.


3. Ser libres para vivir y proclamar libertad

En Isaías 61 aparece también una imagen profundamente relacionada con la libertad: el Jubileo. Para Israel, el Jubileo era un tiempo de restauración en el que se cancelaban las deudas y quienes habían quedado sometidos como esclavos recuperaban su libertad. Era una imagen poderosa de un nuevo comienzo.


Jesús lleva esa imagen a una dimensión mucho más profunda. Él viene a ofrecer libertad del pecado y de aquello que nos separa de Dios. Pero la libertad que Cristo nos da no significa simplemente hacer lo que queremos. La verdadera libertad consiste en vivir conforme a Dios. El propósito no es pasar de una esclavitud a otra, sino ser liberados del pecado para poder vivir en la voluntad del Padre.


Y esa libertad recibida también tiene un propósito: ayudar a que otros puedan encontrarla.

La persona que ha experimentado la restauración de Dios puede convertirse en testigo de esa restauración. Así ocurrió con Aida. Las marcas de su pasado ya no eran únicamente señales de lo que había sufrido, sino también parte de un testimonio de lo que Cristo había hecho en su vida.


Dios puede hacer lo mismo con nosotros. Aquello de lo que fuimos liberados puede convertirse en parte del mensaje que anunciamos a otros. Por eso, experimentar la libertad implica tres respuestas: reconocer nuestra necesidad, entregar nuestras cadenas a Cristo y confiar en que Él puede transformar nuestra vida.


Cristo sigue siendo nuestro libertador

Quizá las cadenas de nuestra vida no sean visibles para los demás. Puede que nadie conozca determinadas luchas, heridas o pecados que llevamos dentro. Pero Jesús las conoce. Él no vino simplemente a mejorar nuestra cárcel. Vino a abrirla.


No vino únicamente a aliviar temporalmente nuestra esclavitud, sino a ofrecernos una libertad profunda y radical: la libertad del pecado, de la culpa y de aquello que nos mantiene alejados de Dios. La invitación sigue siendo la misma: reconocer nuestra necesidad, rendir nuestra voluntad delante de Cristo y confiar en Él.


Porque la verdadera libertad no comienza cuando conseguimos controlar todas nuestras circunstancias. Comienza cuando reconocemos que Jesús es nuestro Libertador.

«En Cristo soy libre».

 
 
 

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