EL EVANGELIO NO TERMINA EN MÍ
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Durante las últimas semanas hemos profundizado en la oración de Jesús en Juan 17. Es un pasaje extraordinariamente rico, porque recoge las palabras de Jesús pocas horas antes de ser crucificado y nos permite entrar, de alguna manera, en la profundidad de su relación con el Padre. En esta oración encontramos una verdad que debe transformar nuestra manera de vivir la fe: el evangelio no termina en nosotros.
Jesús no oró únicamente por sus discípulos. Oró también por todos aquellos que llegarían a creer en Él a través de la palabra de ellos:
«Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» Juan 17:20.
Cuando Jesús pronunció estas palabras, estaba mirando mucho más allá de aquellos que tenía delante. Estaba contemplando una cadena que continuaría generación tras generación: los discípulos recibirían el mensaje, lo transmitirían a otros, y esos otros lo llevarían todavía más lejos. Y esa cadena ha llegado hasta nosotros.
Formados para ser transformados
La Palabra de Dios no está destinada simplemente a informarnos. La formación produce transformación, y la transformación produce multiplicación.
Cuando escuchamos la Palabra, nuestra mente comienza a ser moldeada por ella. Por eso debemos prestar atención a aquello que permitimos que ocupe nuestro pensamiento y nuestro tiempo. Lo que constantemente vemos, escuchamos y consumimos termina influyendo en nuestra manera de pensar y de vivir.
La Palabra de Dios debe ser nuestro alimento diario. Necesitamos volver a ella una y otra vez, porque tiene poder para producir fe, renovar nuestra mente y transformar nuestra vida.
La fe viene por el oír la Palabra de Dios. Pero esa fe no permanece inmóvil. Cuando la Palabra nos transforma, esa transformación comienza a hacerse visible en nuestras decisiones, relaciones y manera de vivir. Por eso la iglesia no es simplemente un lugar al que acudimos cada domingo para cumplir con una obligación. Venimos para ser transformados por Dios.
El evangelio no termina en mí. Jesús dijo que habría personas que creerían «por la palabra de ellos». Es significativo que no dijera solamente «por mi palabra», sino que señalara a sus discípulos como transmisores del mensaje que habían recibido.
Nosotros somos receptores, pero no receptores pasivos. Recibimos para dar. El evangelio llegó hasta nosotros porque alguien habló. Alguien predicó, invitó, enseñó, oró o simplemente compartió con nosotros lo que había recibido de Dios. Por eso ahora debemos preguntarnos: Si el evangelio llegó hasta mí a través de alguien, ¿a quién llegará el evangelio a través de mí?
No podemos convertirnos en el último eslabón de la cadena. Si Cristo fue enviado por el Padre, si los apóstoles fueron enviados por Cristo y si hombres fieles como Timoteo recibieron el encargo de enseñar a otros que, a su vez, pudieran enseñar a otros, nosotros también hemos sido llamados a continuar transmitiendo el mensaje. El evangelio no termina en mí.
Por eso nuestra boca no puede permanecer callada. Tenemos que anunciar que Cristo ama, que Dios perdona, que hay esperanza, que Jesús transforma vidas y que su gracia puede alcanzar a cualquier persona. Puede ser un familiar, un amigo, un compañero de trabajo, un vecino o alguien con quien nos encontramos en nuestra vida cotidiana. Puede ser una invitación a un Grupo Vida, una conversación, una oración o una palabra acerca de Jesús.
La Palabra que hemos recibido debe ser compartida.
La Palabra produce unidad
En Juan 17, Jesús conecta la transmisión del evangelio con otra realidad fundamental:
«Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» Juan 17:21.
La Palabra no solamente produce multiplicación. También debe producir unidad. Y unidad no significa uniformidad. No necesitamos ser idénticos para estar unidos. Podemos tener personalidades, experiencias y maneras de pensar diferentes y, aun así, permanecer unidos en Cristo.
La verdadera unidad se construye alrededor de un propósito común: Cristo, su Palabra y su misión. Esto tiene una aplicación especialmente importante en nuestras familias. El propósito de Dios no es que cada miembro de la casa viva aislado, defendiendo únicamente sus propios intereses. Dios desea que aprendamos a caminar juntos, a servir juntos, a perdonarnos, a ayudarnos y a crecer juntos. La unidad se construye con amor, paciencia, perdón, humildad y dedicación.
La unidad tiene un precio. Jesús mismo es nuestro modelo de unidad. Él cumplió la voluntad del Padre incluso cuando hacerlo implicaba sacrificio. En Getsemaní expresó el profundo dolor que tenía delante, pero terminó sometiendo su voluntad a la del Padre:
«No se haga mi voluntad, sino la tuya». Lucas 22:42
Esto nos enseña algo importante: a veces la unidad tiene el costo del sacrificio. Estar unidos no siempre será cómodo. Perdonar puede costar. Ceder puede costar. Amar cuando no somos correspondidos puede costar. Permanecer comprometidos con nuestra familia, nuestro matrimonio, nuestra iglesia o nuestra misión puede requerir sacrificio.
Pero ese es precisamente el modelo que encontramos en Cristo. La unidad genera vida, crecimiento y bendición. La división, por el contrario, produce dolor, frustración y ruina. Por eso debemos preguntarnos si estamos dispuestos a sacrificar nuestro orgullo, nuestra comodidad o nuestro deseo de tener siempre la razón para preservar aquello que Dios nos ha confiado.
Una unidad que predica sin palabras. Jesús continúa diciendo:
«Para que el mundo conozca que tú me enviaste» Juan 17:23.
Esto significa que la unidad también es misionera. Nuestra manera de relacionarnos puede convertirse en un testimonio del evangelio. El mundo no solamente escucha lo que decimos; también observa cómo vivimos.
Podemos hablar de perdón, pero nuestra vida debe mostrar perdón.
Podemos hablar de amor, pero nuestras relaciones deben reflejar amor.
Podemos hablar de Cristo, pero quienes nos rodean deberían poder reconocer algo de Cristo en nuestra manera de actuar.
Hay momentos en los que nuestros hechos hablan tan fuerte que nuestras palabras dejan de ser necesarias. El mensaje cristiano se vuelve visible cuando una persona decide perdonar, cuando un matrimonio decide permanecer unido, cuando una familia aprende a reconciliarse, cuando alguien responde con amor en lugar de devolver el daño recibido. La unidad, el amor y el perdón pueden convertirse en una verdadera evangelización en silencio.
La gloria de Cristo se manifiesta en la entrega
Jesús dijo:
«La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno» Juan 17:22.
La gloria de Cristo no se manifestó únicamente en poder, esplendor o grandeza. En el Evangelio de Juan, la gloria de Jesús está profundamente relacionada con su entrega.
Cristo se humilló, tomó forma de siervo y entregó su vida por nosotros.
Por eso, cuando hablamos de la gloria que recibimos de Él, también hablamos de una vida entregada a los demás. La verdadera manera de brillar no consiste en colocarnos por encima de otros, sino en convertirnos en luz para ellos: perdonar, amar, servir, ayudar y estar dispuestos a sacrificarnos para que otros puedan crecer.
La gloria de la unidad es sacrificial. Esto se aplica al matrimonio, a la familia, a la iglesia, al trabajo y a cualquier relación que Dios haya puesto en nuestras manos.
Un padre dispuesto a entregarse por sus hijos.
Una madre que sirve con amor.
Un esposo y una esposa que deciden perdonarse.
Un maestro comprometido con sus alumnos.
Un pastor dispuesto a buscar a quien se ha perdido.
Un creyente dispuesto a servir aunque no reciba reconocimiento.
Ese es el modelo de Cristo. Entrar en el ritmo de Dios
Jesús termina esta parte de su oración diciendo:
«Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad» Juan 17:23.
La imagen que se presenta es la de una unidad profunda, una comunión en la que las personas caminan juntas en un mismo propósito. Es como entrar en el ritmo de Dios: aprender a caminar con Él, siguiendo su voluntad y compartiendo su propósito. Cuando nuestras vidas comienzan a moverse al ritmo de Cristo, nuestra manera de relacionarnos cambia. Aprendemos a perdonar, a servir, a amar y a permanecer unidos incluso cuando hacerlo resulta difícil.
En un mundo marcado por la división, el individualismo y las relaciones cada vez más frágiles, una familia que permanece unida en Cristo puede convertirse en una plataforma para anunciar el evangelio. Podemos mostrar al mundo que es posible construir un matrimonio basado en el amor y el perdón, que es posible superar las dificultades juntos y que es posible vivir una familia bajo la dirección de Dios.
El evangelio continúa
Jesús oró por aquellos que creerían a través de la palabra de sus discípulos. Esa oración nos incluye. La Palabra llegó hasta nosotros porque alguien decidió transmitirla. Ahora nos corresponde continuar la cadena.
Por eso, nuestra vida no puede quedarse solamente en recibir. Hemos sido formados para ser transformados y transformados para multiplicarnos. Hay mucho que Dios nos ha dado y mucho que podemos entregar.
Que nuestra boca no permanezca callada.
Que nuestras acciones tampoco.
Que nuestra familia refleje a Cristo.
Que nuestras relaciones hablen de su amor.
Que nuestra unidad sea un testimonio.
Que nuestro servicio lleve a otros a conocerle.
Porque el evangelio no termina en mí. Lo que Dios ha puesto en mis manos debe llegar a otros. Y aquello que otros reciban a través de nosotros debe continuar llegando todavía más lejos.
Así, la oración de Jesús en Juan 17 sigue teniendo consecuencias en nuestra vida hoy: recibimos la Palabra, somos transformados por ella, caminamos en unidad y somos enviados para que otros también puedan creer.




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