top of page

MISIÓN SIN CONTAMINACIÓN

  • 11 ago
  • 8 min de lectura

En Juan 17 encontramos la oración de Jesús por sus discípulos. En los versículos 14 al 16 hay una expresión que llama especialmente la atención: «No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo». Jesús la repite dos veces en apenas tres versículos.
Cuando una idea se repite de esta manera, no es casualidad.
«No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.» Juan 17:15-16
Jesús está dejando una verdad profundamente marcada: sus discípulos están en el mundo, pero no pertenecen al mundo. Y, al mismo tiempo, no pide que sean retirados de él, sino que sean guardados del mal.

Aquí encontramos una tensión que define la vida cristiana: estamos llamados a vivir en medio de un mundo que no comparte nuestros valores, sin permitir que ese mundo determine quiénes somos.


Una identidad en conflicto

En el Evangelio de Juan, la palabra «mundo» —del griego cosmos— puede utilizarse con diferentes sentidos. Puede referirse al planeta, a la humanidad que lo habita o a un sistema de pensamiento y valores contrario a Dios.


En Juan 17, Jesús está hablando principalmente de este último significado: un sistema, una filosofía y una manera de vivir que se oponen a los principios de Dios. Por eso, cuando Jesús afirma que sus discípulos «no son del mundo», no está diciendo que deban abandonar la sociedad o aislarse de las personas. Está hablando de identidad.

Somos misioneros en tierra hostil.


Vivimos, trabajamos, estudiamos y nos relacionamos dentro de una sociedad que puede tener valores muy diferentes a los del Reino de Dios. Nuestra identidad, sin embargo, no viene determinada por ese entorno. Nuestra identidad viene de Cristo.


Jesús comienza diciendo:
«Yo les he dado tu palabra». Juan 17:14

Esta afirmación define a sus discípulos como personas que han recibido un tesoro. No son simplemente personas que han escuchado hablar de Dios; son depositarios de su Palabra, llamados a guardarla y vivir conforme a ella.


La Palabra de Dios debe ser nuestra norma de fe y conducta, nuestra brújula y nuestra guía. Como dice el salmista:

«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». Salmo 119:105

La Palabra no es un elemento decorativo de la vida cristiana. No es simplemente un libro que tenemos en casa ni un texto que escuchamos ocasionalmente en la iglesia. Es una Palabra viva que transforma nuestra manera de pensar, nuestro corazón y nuestro comportamiento.


Nuestra vida no fue transformada simplemente por una reunión, por el consejo de otra persona o por una experiencia emocional. Fue la Palabra de Dios la que penetró en nosotros y comenzó a producir transformación. Por eso vale la pena preguntarnos:

¿Cuánto de la Palabra de Dios hay realmente en nosotros?

  • ¿La conocemos?

  • ¿La estudiamos?

  • ¿La recordamos cuando tenemos que tomar decisiones?

  • ¿Ha moldeado nuestra manera de pensar?

  • ¿Es realmente un tesoro para nosotros o se ha convertido simplemente en un libro más?

Jesús dijo: «Yo les he dado tu palabra». Ser discípulo implica recibir esa Palabra, guardarla y permitir que transforme nuestra vida.


Jesús continúa diciendo:

«Y el mundo los aborreció porque no son del mundo». Juan 17:14

Cuando nuestra vida comienza a estar gobernada por los principios de Dios, inevitablemente aparecen diferencias con los valores que nos rodean.


El mundo propone una determinada manera de entender el matrimonio, la sexualidad, el dinero, el éxito, el trabajo, las relaciones, la verdad o el perdón. El Reino de Dios propone otra. Mientras una cultura puede enseñarnos que debemos acumular para nosotros mismos, Jesús nos enseña a servir. Mientras el mundo puede considerar que el éxito consiste en tener más, el Reino nos recuerda que nuestra vida tiene un propósito mucho más grande.


La universidad puede ser entendida simplemente como un medio para conseguir mejores ingresos; desde la perspectiva del Reino, también puede convertirse en una oportunidad para desarrollar capacidades con las que servir a otros. Son filosofías diferentes.


Por eso nuestra ética laboral, nuestra manera de administrar el dinero, nuestras conversaciones, aquello que consumimos y la forma en que tratamos a las personas revelan mucho más de nuestra identidad de lo que pensamos. La pregunta no es solamente si asistimos a una iglesia. La pregunta es: ¿qué sistema de valores está gobernando nuestra vida?


No estamos llamados a escapar

Aquí aparece una de las partes más sorprendentes de la oración de Jesús:

«No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal». Juan 17:15

Jesús podría haber pedido al Padre que sacara a sus discípulos de aquel ambiente para evitar la contaminación. Sin embargo, no lo hace. No pide aislamiento. Pide protección.

Esto rompe con la idea de que la santidad consiste en alejarnos completamente de la sociedad. La misión de Jesús no es formar personas escondidas del mundo, sino discípulos capaces de vivir dentro de él sin perder su identidad.


Estamos llamados a ser como la sal que preserva, como la luz que ilumina y como la levadura que transforma desde dentro. Dios ama al mundo y quiere que las personas conozcan su salvación. Y muchas de ellas conocerán el amor de Dios a través de nuestra vida.


Por eso no estamos llamados a abandonar nuestro lugar de trabajo, nuestra universidad, nuestra empresa, nuestro barrio o nuestra ciudad. Estamos llamados a permanecer allí como seguidores de Cristo. Jesús mismo vivió de esa manera. Estuvo en bodas, comidas y casas de personas que necesitaban conocer a Dios.


Se acercó a los marginados, tocó a los que otros evitaban y habló con personas que la sociedad religiosa de su tiempo despreciaba. Jesús estaba en medio de la sociedad, pero la sociedad no determinaba quién era Jesús. Ese es también nuestro llamado.


La santidad cristiana no consiste simplemente en alejarnos de todo aquello que puede contaminarnos. Consiste en aprender a permanecer firmes en medio de un entorno que puede presionarnos para adoptar otros valores.


Estamos llamados a mantenernos santos en el trabajo, en la escuela, en la universidad, en el transporte público, en nuestras relaciones y en nuestra vida cotidiana. Santidad sin aislamiento. Pureza sin ostracismo. Misión sin contaminación.


No necesitamos escondernos para demostrar que pertenecemos a Cristo. Necesitamos vivir de tal manera que nuestra presencia haga visible a Cristo. Por eso, si nunca existe ningún conflicto entre nuestra manera de pensar y la cultura que nos rodea, quizá deberíamos preguntarnos si realmente estamos nadando contra la corriente.


Tal vez nuestras conversaciones, nuestras prioridades, nuestras imágenes, nuestras decisiones o nuestra manera de vivir se han acomodado tanto al mundo que ya no existe diferencia. Podemos estar dentro de la iglesia y, al mismo tiempo, estar siendo gobernados por los valores del mundo.


La identidad cristiana no se demuestra solamente los domingos. Se demuestra en la manera en que vivimos cada día.


Guardados del mal

Jesús no ora para que sus discípulos sean retirados del mundo, sino para que sean guardados del mal. Esto significa que no estamos solos en esta misión. Nuestra protección no depende únicamente de nuestra propia fuerza. Jesús está intercediendo por nosotros. La certeza fundamental es esta:

«No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo». Juan 17:16

Si no somos del mundo, entonces debemos preguntarnos: ¿de quién somos? Somos de Dios. Nuestra identidad está determinada por Cristo. Él nos ha hecho suyos y ha pagado el precio por nosotros. Por eso no necesitamos vivir buscando la aprobación de un sistema que nunca podrá satisfacer las necesidades más profundas de nuestra alma.


El mundo pasa y también pasan sus deseos. Las posesiones, el dinero, el reconocimiento, las experiencias y los logros son temporales. ¿Qué permanece?

La fe, la esperanza y el amor.


A veces podemos invertir toda nuestra vida en cosas que finalmente no podremos disfrutar. Podemos trabajar para acumular, ahorrar para construir, esforzarnos para conseguir una determinada posición y pensar que, cuando llegue el momento adecuado, comenzaremos a disfrutar de aquello por lo que hemos trabajado.


Pero la vida no funciona siempre de acuerdo con nuestros planes. Por eso necesitamos detenernos y preguntarnos: ¿Dónde está el fundamento de mi vida? ¿Está en una casa?¿En el dinero?¿En una profesión?¿En el reconocimiento?¿En una experiencia?¿En la aprobación de los demás? Todo eso puede desaparecer. Nuestra verdadera seguridad está en Cristo.


Jesús lo expresó de una manera sencilla:

«Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Juan 6:33

Cuando el Reino de Dios ocupa el primer lugar, nuestras demás prioridades comienzan a encontrar su lugar. No significa que dejemos de trabajar, estudiar, construir, ahorrar o disfrutar de las cosas buenas que Dios nos permite vivir. Significa que ninguna de ellas ocupa el lugar que solamente le corresponde a Dios.


Pablo nos presenta un ejemplo especialmente significativo al hablar de Demas. En 2 Timoteo 4:10 dice que Demas lo había abandonado porque «amando este mundo» se había marchado. No se trata simplemente de dejar de asistir a una iglesia o de abandonar una determinada práctica religiosa. El problema de Demas estaba en el corazón: había comenzado a amar otra cosa por encima del Reino de Dios.


Ese es uno de los grandes peligros de nuestra vida espiritual. Podemos seguir teniendo apariencia de cristianos mientras nuestro corazón comienza a inclinarse hacia otros valores. Por eso la pregunta más importante no es solamente qué hacemos, sino: ¿Qué amamos? ¿Dónde está nuestro valor?¿Dónde está nuestro fundamento?¿Cuál es el sueño que gobierna nuestra vida?¿Qué ocupa el primer lugar en nuestro corazón?


Jesús nos llama a algo mucho más grande que simplemente pertenecer a una institución religiosa. Nos llama a vivir para Él, guardar su Palabra, servir, honrar, brillar y llevar a otros hacia Cristo.


Una misión en medio del mundo

El Reino de Dios avanza entrando en la realidad de las personas.

  • Cuando hablamos de educación, podemos pensar en capacitación para servir.

  • Cuando hablamos de economía, podemos pensar en recursos que también pueden ser utilizados para bendecir y extender el Reino.

  • Cuando hablamos de familia, pensamos en amor, perdón, servicio y formación.

  • Cuando hablamos de liderazgo, pensamos en personas que sirven y no simplemente en personas que buscan ser servidas.

La filosofía del Reino transforma nuestra manera de entender cada área de la vida. Por eso nuestra misión no consiste en abandonar el mundo, sino en llevar el Reino de Dios a él.


Estamos llamados a ser diferentes sin aislarnos. A mantenernos puros sin escondernos. A permanecer firmes sin dejar de amar a las personas. Estamos llamados a ser luz en medio de las tinieblas.


¿Qué vas a elegir? La oración de Jesús nos deja delante de una decisión. Podemos permitir que el mundo determine nuestros valores o permitir que la Palabra de Dios determine nuestra manera de vivir.

Podemos buscar la aprobación de una sociedad que cambia constantemente o fundamentar nuestra identidad en Cristo. Podemos vivir para lo temporal o invertir nuestra vida en aquello que permanece. La pregunta es personal: ¿Qué quieres? ¿Qué amas? ¿Dónde está el fundamento de tu vida?


¿Dónde están nuestras prioridades?

Tal vez llevas mucho tiempo en la iglesia, pero reconoces que algunas áreas de tu vida se han dejado arrastrar por los valores del mundo. Tal vez tus conversaciones, tus pensamientos, tus prioridades o tus decisiones ya no reflejan aquello que dices creer.

Entonces es un buen momento para volver a empezar.

  • Volver a colocar a Cristo en el centro.

  • Volver a la Palabra.

  • Volver a los valores del Reino.

  • Volver a recordar quién eres.

Porque no somos del mundo, como tampoco Cristo es del mundo. Somos de Dios.

Y nuestra misión es vivir en este mundo sin pertenecer a sus valores; guardar la verdad que hemos recibido y permitir que esa verdad transforme nuestra manera de vivir y, a través de nosotros, la vida de otros. Que podamos ser verdaderos contenedores de la Palabra: no solamente personas que la escuchan, sino guardianes que la viven hasta el último día.


Que Cristo sea nuestro mayor tesoro. Que su Reino sea nuestra prioridad. Que nuestras familias, nuestros bienes, nuestro trabajo, nuestros talentos y nuestro futuro estén puestos en sus manos.


Porque el mundo pasa y sus deseos también.

Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

 
 
 

Comentarios


bottom of page