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FORMACIÓN, TRANSFORMACIÓN Y MULTIPLICACIÓN

  • hace 3 días
  • 7 min de lectura

En Juan 17 encontramos una de las oraciones más profundas de Jesús. Después de compartir la última cena con sus discípulos y antes de ser arrestado, Jesús ora al Padre por sí mismo, por sus discípulos y también por todos aquellos que llegarían a creer a través de la predicación de ellos.


En esta oración aparecen tres conceptos fundamentales para la vida cristiana: formación, transformación y multiplicación. Jesús ora:

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.”Juan 17:17-19

Estos tres versículos contienen una secuencia que define el camino de un discípulo: la Palabra nos forma, la santidad nos transforma y la misión nos multiplica.


1. La verdad de Dios nos forma


La formación es el primer paso. Una vida sin formación difícilmente puede producir fruto. Quien está siendo formado está siendo preparado para ser útil en las manos de Dios.


Jesús le pide al Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” La manera en la que Dios forma a sus discípulos es mediante su Palabra. No se trata simplemente de esfuerzo humano, disciplina o sacrificios religiosos. La formación espiritual consiste en permitir que Dios actúe en nuestra vida a través de las Escrituras. Su Palabra cambia nuestros pensamientos, nuestras intenciones y nuestras actitudes.


La Biblia nos enseña que debemos ser transformados mediante la renovación de nuestro entendimiento. Cuando escuchamos la Palabra de Dios, comenzamos a conocer lo que Él piensa, lo que Él considera correcto y la manera en que desea que vivamos.


La Palabra de Dios tiene poder creador. Desde el principio vemos que Dios habló y las cosas fueron hechas. Cuando Dios habla, algo sucede. Su Palabra no es simplemente el relato de acontecimientos del pasado ni un conjunto de conocimientos religiosos. Es una Palabra viva y poderosa.


Jesús mismo demostró ese poder. Cuando habló, los ciegos vieron, los paralíticos fueron sanados y los muertos volvieron a la vida. Frente a la tumba de Lázaro dijo: “Lázaro, ven fuera”, y aquel que estaba muerto salió. Por eso necesitamos la Palabra de Dios. Cuando carecemos de ella, nuestra fe se debilita y perdemos las referencias que nos permiten saber cómo actuar. Cuando la Palabra deja de gobernar la iglesia, esta puede convertirse en un ritual vacío. Y cuando deja de gobernar el corazón del cristiano, la persona termina siendo dirigida por sus sentimientos, por las circunstancias o por cualquier enseñanza que escuche.

Nada puede sustituir la Palabra de Dios.


Formar para transmitir. La historia de Cirilo y Metodio nos ayuda a comprender la importancia de la formación. Estos dos hermanos fueron enviados a la región eslava con el propósito de evangelizar. Sin embargo, se encontraron con una dificultad: no conocían el idioma de aquellos pueblos.

Para poder comunicarles el mensaje de Dios, estudiaron su lengua y desarrollaron un sistema de escritura que posteriormente sería conocido como el alfabeto cirílico. Su propósito no era simplemente crear una herramienta lingüística, sino hacer posible que las personas pudieran comprender la Palabra de Dios. Pero su trabajo no terminó ahí. Formaron discípulos, y esos discípulos formaron a otros. De esta manera, el mensaje se extendió mucho más allá de ellos.


Esta historia nos recuerda que no somos responsables únicamente de nuestra propia formación. También tenemos la responsabilidad de formar a las personas que Dios ha puesto a nuestro alrededor y a las nuevas generaciones. Por eso debemos preguntarnos:

  • ¿Estoy siendo formado por la Palabra de Dios?

  • ¿Estoy estudiando las Escrituras?

  • ¿Estoy permitiendo que la Biblia cuestione mis propias ideas?

  • ¿Mis decisiones están siendo tomadas a la luz de la Palabra?

  • ¿Mi matrimonio, mi familia y la manera en la que educo a mis hijos están fundamentados en los principios de Dios?

La iglesia que descuida la Palabra difícilmente podrá formar discípulos capaces de llegar más lejos. La Palabra forma nuestra mente y esa formación nos conduce al segundo paso: la transformación.



2. La santidad nos transforma


Necesitamos ser transformados. Pero ¿qué significa ser santos? En la Biblia, la santidad no se refiere simplemente a una apariencia religiosa. Algo santo es algo apartado para Dios, consagrado a Él y destinado a su servicio.


Los utensilios del tabernáculo eran santos porque habían sido apartados para el servicio de Dios. La santidad tiene que ver con pertenencia y consagración. Por eso, cuando Jesús dice: “Yo me santifico a mí mismo”, no está diciendo que necesitara abandonar algún pecado. Jesús nunca pecó. Está expresando su completa entrega a la misión que el Padre le había encomendado.


Jesús se consagra por completo a la obra de Dios y se convierte en nuestro modelo de santidad. Su sacrificio hace posible que nosotros seamos apartados para Dios. Él es el modelo y, a través de Él, somos transformados.


La santidad que transforma. Hay una escena en los Evangelios que nos ayuda a comprenderlo. Jesús caminaba por Galilea cuando se encontró con un leproso. En aquella época, los leprosos debían mantenerse alejados de la sociedad. Tenían que anunciar su condición para que nadie se acercara a ellos. Pero Jesús hizo algo extraordinario: se acercó y lo tocó.

La lógica humana habría sido que el contacto con aquel hombre contaminara a Jesús. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario: la lepra desapareció. Esta imagen nos ayuda a comprender la obra de Cristo. Jesús, el Santo, se acerca al que está contaminado y lo transforma. El leproso no produjo su propia sanidad. No tuvo que realizar una serie de esfuerzos para hacerse digno de recibirla. Jesús intervino.


De la misma manera, nuestra santificación no es el resultado de intentar convertirnos nosotros mismos en santos mediante nuestras propias fuerzas. La Palabra de Dios nos santifica, el Espíritu Santo obra en nosotros y Cristo es quien realiza la transformación.

Nuestra responsabilidad es disponernos a Dios y rendirnos a su obra.


Como alguien que se expone al sol para recibir su calor, necesitamos acercarnos a Dios y abrir nuestra vida a su acción. Cuando nos rendimos a Él, Él comienza a transformar aquello que nosotros no podemos cambiar por nuestras propias fuerzas. Por eso la santidad no es un proyecto de mejora personal.


No podemos pagar por nuestra salvación ni conquistarla mediante nuestras obras. El precio ya fue pagado por Cristo en la cruz. La salvación es por gracia y la obra de Cristo es la base de nuestra esperanza. Esto rompe con una visión religiosa basada únicamente en el esfuerzo: “esfuérzate y cambia”. El cristianismo no consiste en intentar transformarnos únicamente mediante nuestra propia fuerza. Consiste en permitir que Dios haga su obra en nosotros.


Jesús le dijo a Nicodemo: “Te es necesario nacer de nuevo.” El cambio profundo no procede simplemente de una mayor disciplina externa. Es obra de Dios en el corazón. La formación mediante la Palabra prepara el camino para esa transformación.



3. La misión produce multiplicación


Pero la formación y la transformación no terminan en nosotros. Jesús continúa diciendo: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.” Aquí aparece el tercer elemento: la multiplicación.


Dios no quiere que nos quedemos solos con la bendición que hemos recibido. Lo que Él hace en nosotros tiene un propósito: que podamos compartirlo con otros. Jesús fue enviado por el Padre y, de la misma manera, envía a sus discípulos. La misión produce multiplicación porque quien ha sido formado y transformado está llamado a transmitir a otros lo que ha recibido.


El apóstol Pablo expresa este principio cuando escribe a Timoteo:

“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” 2 Timoteo 2:2

Esta es una sucesión espiritual: el que ha recibido, da; el que ha sido formado, forma; el que ha sido transformado, ayuda a otros a ser transformados. Eso es multiplicación.


Una iglesia que forma discípulos. Una iglesia saludable no existe únicamente para crecer en número. Existe para formar discípulos. Por eso los grupos pequeños, la enseñanza bíblica, el discipulado, los seminarios y la formación de nuevas generaciones son tan importantes. La Palabra debe llegar a las personas, formar sus vidas y producir discípulos capaces de formar a otros.

No podemos pensar únicamente en nosotros mismos. Tenemos una responsabilidad con nuestras familias, nuestros hijos y las nuevas generaciones. Lo que Dios ha depositado en nosotros debe convertirse en un legado para otros. No estaremos aquí para siempre. Por eso debemos preguntarnos qué estamos dejando detrás de nosotros.

  • ¿Quién será formado por lo que Dios ha hecho en nuestra vida?

  • ¿A quién estamos ayudando a conocer a Cristo?

  • ¿A quién estamos animando a crecer?

  • ¿A quién estamos enseñando la Palabra?

Todo discípulo es un enviado. No hace falta llevar un título especial para ser responsable de transmitir la verdad de Dios. Cada creyente ha recibido algo que debe compartir.


Aprender, vivir y proclamar. Podemos resumir estos tres conceptos de una manera sencilla:

Formación: aprender. Transformación: vivir. Multiplicación: proclamar.


La Palabra de Dios nos forma. La santidad de Dios nos transforma. La misión de Dios nos multiplica. Esta es la esencia de los tres versículos de Juan 17. Por eso cada uno de nosotros debería hacerse algunas preguntas sinceras.

  • ¿Estoy siendo formado diariamente por la Palabra de Dios?

  • ¿Estoy leyendo las Escrituras y permitiendo que cambien mi manera de pensar?

  • ¿Estoy poniendo en práctica lo que aprendo?

  • ¿La gente que me rodea puede ver en mi vida que la Palabra de Dios está produciendo una transformación real?

  • ¿O mi fe se limita a un momento de la semana?

Y, además, ¿estoy participando en la misión de Dios?

  • ¿Estoy ayudando a otros?

  • ¿Estoy formando discípulos?

  • ¿Estoy sirviendo?

  • ¿Estoy compartiendo con otros lo que Dios ha hecho en mí?


La vida cristiana no consiste simplemente en recibir. Lo que recibimos de Dios debe convertirse en una bendición para otros. El leproso que fue tocado por Jesús no tenía razones para guardar silencio. Había experimentado algo que nadie más podía hacer por él.

El que había sido restaurado podía señalar a otros hacia aquel que lo había tocado.

De la misma manera, cuando experimentamos la gracia de Dios, queremos que otros también puedan conocerla.


CONCLUSIÓN


Una vida completamente rendida a Dios. Al final, todo vuelve a una cuestión de pertenencia.

Yo soy de Dios. Quiero ser formado por Él. Quiero ser transformado por Él. Quiero ser usado por Él.


La pregunta no es únicamente cuánto sabemos de Dios, sino cuánto de nuestra vida estamos permitiendo que Él transforme. No se trata de vivir una lucha constante basada únicamente en nuestra propia fuerza para abandonar el pecado y cambiar nuestra conducta.


Se trata de rendirnos al Espíritu Santo y permitir que Dios haga su obra en nosotros. La formación, la transformación y la multiplicación son parte de un mismo proceso. Dios nos forma con su Palabra. Dios nos transforma con su presencia. Dios nos envía para multiplicar lo que ha hecho en nosotros.


Y esa es la invitación que permanece delante de cada uno: abrir nuestra vida a Dios y decirle:

“Señor, quiero ser tuyo. Fórmame. Transfórmame. Envíame. Haz tu obra en mí y úsame para llevar tu verdad a otros.” Que nuestra vida sea el cumplimiento de aquella oración de Jesús: personas santificadas en la verdad, transformadas a su imagen y enviadas al mundo para hacer discípulos.

 
 
 

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