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UNGIDOS ENTRE RUINAS

8 sept
7 min de lectura

Texto base: Isaías 61:1

«El Espíritu de Jehová, el Señor, está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos y a los presos apertura de la cárcel.»Isaías 61:1

Isaías 61 es un pasaje profundamente relacionado con la restauración. El pueblo de Israel había atravesado un tiempo de destrucción, exilio y pérdida. Sus ciudades habían quedado en ruinas y, al regresar a su tierra, se encontraron literalmente ante un escenario de cenizas.

Es precisamente en ese contexto donde Dios anuncia una nueva etapa. En medio de las ruinas, habla de restauración, esperanza y libertad.


Siglos después, Jesús toma este mismo pasaje y lo aplica a su propia misión en Lucas 4:18. De esta manera, Isaías 61 no solo anuncia lo que Dios haría con su pueblo, sino que revela también el corazón de la misión de Jesús: acercarse a quienes están heridos, restaurarlos y conducirlos hacia la libertad. Y esa misión también nos alcanza a nosotros.


Dios no nos unge únicamente para recibir de Él, sino para convertirnos en instrumentos de restauración para otros. La unción no nos aleja de las personas que sufren; nos acerca a ellas.


1. Ungidos para acercarnos al quebrantado


Isaías declara: «Me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos». La unción tiene una dirección: hacia las personas que necesitan esperanza. Cuando Jesús leyó este pasaje, habló de pobres, cautivos, ciegos y oprimidos. Su ministerio estuvo constantemente orientado hacia quienes sufrían. Por eso, estar ungidos no significa aislarnos de las necesidades que existen a nuestro alrededor, sino aprender a acercarnos a ellas.


Jesús nos dejó un ejemplo muy claro en Marcos 1:40-42, cuando un hombre con lepra se acercó a Él. Jesús pudo haberlo sanado a distancia, como había hecho en otras ocasiones, pero el relato destaca que extendió su mano y lo tocó. Ese gesto tenía un significado profundo. Los leprosos vivían apartados de la sociedad. No solo sufrían físicamente, sino también las consecuencias del aislamiento y el rechazo. Antes incluso de transformar su condición física, Jesús rompió su aislamiento. Se acercó a él.


Esto nos enseña que muchas veces la primera forma de restauración consiste simplemente en acercarnos. Hay personas que necesitan ayuda mucho más cerca de lo que imaginamos. Pueden estar en nuestra familia, en nuestro trabajo, en la universidad, entre nuestros amigos o incluso dentro de nuestra propia comunidad de fe. Algunas heridas son visibles; otras permanecen escondidas detrás de una sonrisa.


La unción nos hace sensibles al dolor de los demás. Nos permite mirar más allá de las apariencias y reconocer que alguien puede estar atravesando una batalla que nadie conoce. Nos mueve a escuchar, acompañar y estar presentes. Por eso, la unción no está reservada para un púlpito. No se demuestra únicamente predicando ante muchas personas. Se manifiesta también cuando decidimos acercarnos a quien está solo, escuchar a quien necesita ser escuchado y acompañar a quien atraviesa un momento difícil. Los quebrantados muchas veces están mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos.


2. Ungidos para vendar las heridas


Isaías continúa diciendo que Dios nos ha enviado «a vendar a los quebrantados de corazón».

Acercarse es el primer paso, pero la restauración va más allá de identificar una necesidad. Implica participar en el proceso de sanidad. La imagen de vendar una herida resulta especialmente significativa. Cuando alguien tiene una herida física, no basta con reconocer que existe: hay que tratarla, protegerla y cuidarla.


De la misma manera, cuando encontramos a una persona herida emocionalmente, nuestra responsabilidad no es señalarla ni juzgarla, sino buscar cómo podemos ayudar.

Esto no significa que nosotros podamos sanar todas las heridas. Dios es quien sana. Pero podemos ser instrumentos en sus manos para acompañar a alguien durante ese proceso.

El Salmo 147:3 dice:

«Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas.» Salmo 147:3

Nuestra misión no consiste en ocupar el lugar de Dios, sino en colaborar con Él. A veces podremos hacerlo mediante una oración; otras veces, con una palabra de ánimo, una conversación, un gesto de cariño o ayudando a alguien a encontrar los recursos que necesita.


No necesitamos tener todas las respuestas para ser instrumentos de restauración. En muchas ocasiones, cuando alguien comparte con nosotros una situación difícil, nuestra primera reacción es intentar descubrir qué ocurrió: cómo llegó hasta allí, qué decisiones tomó o qué hizo mal. Esas preguntas pueden ser importantes, pero antes de buscar explicaciones deberíamos aprender a preguntar: «¿Cómo puedo ayudarte?»


La compasión comienza cuando dejamos de mirar únicamente la herida y empezamos a mirar a la persona. Y esto es especialmente importante con quienes están más cerca de nosotros. Podemos estar muy atentos a las necesidades de personas que viven lejos y, al mismo tiempo, no darnos cuenta de que alguien de nuestra propia familia necesita sentirse amado, escuchado o valorado.


Una manera sencilla de comenzar es aprender a expresar nuestro aprecio de forma concreta.

En lugar de limitar nuestro afecto a un «te quiero» que, con el tiempo, puede convertirse en una expresión automática, podemos aprender a explicar por qué valoramos a una persona: agradecerle que haya cuidado de nosotros, que haya preparado una comida, que haya estado presente en un momento difícil o simplemente reconocer algo que apreciamos de ella.


Son gestos pequeños, pero pueden abrir espacios de conexión profunda. Vendar las heridas también significa aprender a amar de una manera que la otra persona pueda percibir. No estamos llamados a señalar constantemente lo que está mal en los demás. Estamos llamados a convertirnos en personas que ayudan a restaurar.


3. Ungidos para levantar y liberar


La misión descrita en Isaías 61 no termina con vendar las heridas. También habla de proclamar libertad a los cautivos. La restauración de Dios no consiste únicamente en consolar a una persona en medio de su dolor. Su propósito es ayudarla a recuperar la esperanza, la dirección y la capacidad de volver a ponerse en pie.

Esto podemos verlo en Juan 5, en la historia del paralítico de Betesda. Aquel hombre llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús se acercó a él y le dijo:

«Levántate, toma tu lecho y anda».

Jesús no se limitó a resolver su enfermedad. Lo llamó a levantarse y caminar. Hay una diferencia entre ayudar a alguien a sobrevivir y ayudarle a recuperar la capacidad de avanzar.

Cuando Dios nos usa para restaurar a una persona, no siempre podremos solucionar completamente su situación. Pero podemos ayudarla a recuperar fuerzas. Podemos recordarle quién es en Dios, orar con ella, acompañarla, animarla y ayudarla a dar nuevamente un paso.

  • A veces una palabra puede devolver esperanza.

  • A veces una conversación puede cambiar una perspectiva.

  • A veces un abrazo puede recordarle a alguien que no está solo.


Y, en ocasiones, acompañar verdaderamente a una persona requiere mucho más que un saludo o un mensaje ocasional. Significa caminar a su lado durante un tiempo, estar disponible y compartir parte de su proceso. La restauración necesita acompañamiento.


Lo que Dios ha hecho en nuestra vida puede convertirse también en esperanza para alguien más. La experiencia de haber sido restaurados nos permite convertirnos en instrumentos para que otros puedan levantarse. Y aquí aparece un ciclo maravilloso: alguien nos ayuda a levantarnos, nosotros ayudamos a otra persona y esa persona, a su vez, puede ayudar a alguien más. Así, la restauración se multiplica.


Una unción que nos envía. Isaías 61 nos recuerda algo fundamental: cuando Dios unge a una persona, también la envía. Si Dios te ha dado una unción, no es únicamente para que recibas algo de Él, sino para que puedas llevar su presencia allí donde existe necesidad. Tal vez tu lugar de envío sea tu trabajo. Tal vez tu universidad, tu familia, tu grupo de amigos, tu barrio o las personas que todavía no conocen a Cristo.

No necesitas resolver todos los problemas del mundo. Tampoco puedes sanar por ti mismo todas las heridas ni romper todas las cadenas.

  • Pero puedes acercarte.

  • Puedes escuchar.

  • Puedes hablar esperanza.

  • Puedes acompañar.

  • Puedes orar.

  • Y, sobre todo, puedes señalar a Jesús.


La verdadera evidencia de una vida ungida no está solamente en lo que recibimos de Dios, sino en lo que Dios puede hacer a través de nosotros. La unción no se demuestra únicamente mediante palabras proféticas, experiencias sobrenaturales o la capacidad de estar delante de una multitud. También se manifiesta en nuestras acciones: en nuestra capacidad de amar, servir, acercarnos y restaurar.


Por eso necesitamos permanecer cerca de Jesús. Cuando nuestra vida está profundamente conectada con Él, su presencia comienza a hacerse visible en nuestra manera de relacionarnos con los demás. El objetivo no es simplemente construir una iglesia más grande o alcanzar números mayores. El propósito es que las personas quebrantadas puedan encontrar esperanza y experimentar la restauración de Dios.


De las cenizas a la gloria

Quizá hoy tú mismo te encuentres en un tiempo de cenizas. Puede que haya áreas de tu vida que parezcan destruidas, heridas que todavía duelan o situaciones en las que no encuentres una salida. Pero Isaías 61 nos recuerda que las ruinas no son el final de la historia.

  • Jesús sigue acercándose al quebrantado.

  • Él sigue vendando heridas.

  • Él sigue ofreciendo libertad.

  • Y sigue llamando a personas restauradas para convertirse en instrumentos de restauración para otros.


Tal vez hoy necesites que alguien se acerque a ti. Tal vez necesitas experimentar la restauración de Dios en alguna área de tu vida. O quizá Dios te está mostrando a una persona que necesita que tú te acerques a ella.


En cualquiera de los dos casos, el mensaje es el mismo: Dios sigue restaurando vidas.

Las cenizas no tienen la última palabra. En las manos de Dios, aquello que parecía perdido puede convertirse en un nuevo comienzo. Y aquellos que han experimentado su restauración pueden convertirse en instrumentos para que otros también pasen de las cenizas a la gloria.

 
 
 

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