EL CORAZÓN DEL PADRE NUESTRO. Identidad y filiación.
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El inicio de una serie: el Padre Nuestro
Hoy comenzamos una serie basada en un texto profundamente conocido: el capítulo 6 del Evangelio de Mateo. La hemos titulado “Padre nuestro”, y probablemente ya imagina de qué trata: la oración que Jesús enseñó a sus discípulos.
Es interesante cómo, incluso fuera del contexto de la iglesia, muchas personas conocen esta oración. Tal vez la aprendieron en la infancia, como me ocurrió a mí. Mi madre me la enseñó cuando era muy pequeño. La repetía casi de memoria, a veces incluso sin terminarla porque me quedaba dormido. Sin embargo, esa semilla quedó. Y con el tiempo entendí que no se trata de repetir palabras, sino de vivir una relación auténtica y profunda con Dios.
Por eso esta serie busca algo más: entender quiénes somos, a quién oramos y cómo nos relacionamos con Él.
El fundamento de la oración: identidad antes que necesidad
Jesús introduce la oración con una frase clave: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro…”
Aquí hay un principio esencial: la oración no comienza con nuestras necesidades, sino con nuestra identidad. No nos acercamos a Dios solo para pedir, sino desde la conciencia de quiénes somos.
La oración no es una lista de peticiones. Es una conexión. Es recordar quién soy delante de Dios. Esto cambia completamente la perspectiva. Ya no es “dame, dame, dame”, sino “soy tu hijo”. Desde esa identidad nace una relación que, naturalmente, también cubre nuestras necesidades.
La expresión “Padre nuestro” revela dos dimensiones:
Vertical: nuestra relación con Dios.
Horizontal: nuestra relación con los demás.
No es solo “Padre mío”, sino “Padre nuestro”. Esto rompe el individualismo. Nos recuerda que somos parte de una familia, de una comunidad. No podemos tener una relación sana con Dios ignorando a quienes están a nuestro alrededor.
“Padre”: una revolución espiritual.
La primera palabra que Jesús enseña es “Padre”. Esto fue revolucionario.
En tiempos de Jesús:
Los griegos pensaban en dioses lejanos como Zeus.
Los romanos en figuras de autoridad como Júpiter.
Los filósofos hablaban de una mente cósmica abstracta.
Los judíos veían a Dios como poderoso y temible, pero distante.
Entonces Jesús introduce algo completamente nuevo: una relación íntima. Utiliza el término arameo “Abba”, que significa papá, papi, papito. Esto cambia todo. Dios deja de ser solo una autoridad lejana y se convierte en un Padre cercano.
La intimidad con Dios
Cuando Jesús ora, lo hace con cercanía:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
“Padre, hágase tu voluntad”
Esa relación íntima era algo desconocido para muchos. Y sigue siendo un desafío hoy.
Porque a veces nos sentimos indignos, alejados o incapaces de acercarnos a Dios. Pero es precisamente ahí donde aparece Cristo, abriendo el camino.
La Escritura dice que a quienes creen en Él se les da el derecho de ser llamados hijos de Dios. Pasamos de una condición de lejanía a una relación familiar. De huérfanos a hijos… y hermanos
La palabra “nuestro” es igual de poderosa. No solo tenemos un Padre, también tenemos hermanos. Esto rompe la orfandad emocional y espiritual que muchas personas llevan dentro. Sabemos que la figura paterna, en muchos casos, ha sido dañada o distorsionada. Pero Dios restaura esa imagen.
Además, nos invita a vivir en comunidad:
Perdónanos… como nosotros perdonamos
Danos hoy…
Líbranos del mal
Todo está en plural. La oración es comunitaria.
La importancia del perdón y la comunidad
No podemos vivir una fe auténtica aislados. Necesitamos a otros. Eso implica perdonar, sanar relaciones y construir vínculos reales. No es opcional. Es parte esencial de nuestra identidad como hijos de Dios.
La pregunta sigue siendo relevante: ¿Dónde está tu hermano?
Una historia para reflexionar
Un avión atravesaba fuertes turbulencias. Los pasajeros estaban nerviosos. Un hombre notó que un niño, sentado a su lado, permanecía tranquilo.
Le preguntó:—¿No tienes miedo?—No —respondió el niño.—¿Por qué?—Porque mi papá es el piloto.
Conclusión
Así es la vida. Hay turbulencias.
Pero cuando entendemos que Dios es nuestro Padre —nuestro “Abba”—, todo cambia.
La oración deja de ser un recurso de emergencia y se convierte en una expresión de identidad.
La pregunta final es sencilla, pero profunda:
¿Tienes a Dios como tu Padre? ¿Vives como hijo… y como hermano?
____ Te compartimos la presentación del Padre Nuestro.




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