SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
- 5 may
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El domingo pasado fue un tiempo especial compartiendo sobre el inicio de esta oración: “Padre nuestro que estás en el cielo.”
Es hermoso pensar en la identidad y en la filiación: en lo que somos y con quién estamos. Esto marca un comienzo firme, porque cuando sabemos quiénes somos y con quién caminamos, ya hemos avanzado gran parte del camino.
Saber que tenemos un Padre y que somos una familia —cuando decimos “nuestro”— nos introduce en una oración segura, afinada y efectiva.
Identidad: el punto de partida. La mayoría de las personas en el mundo no sabe quiénes son. Y, en consecuencia, tampoco saben a dónde van. Si no hay una definición clara de lo que soy, no hay destino ni dirección. Por eso se dice: “Dime con quién andas y te diré quién eres.” Quien sabe quién es, se rodea de quienes están alineados con su propósito.
Esto es fundamental, y constituye la base del inicio de la oración que Jesús enseñó a sus discípulos. Un comienzo profundo, contundente, que da sentido a todo lo que sigue.
“Enséñanos a orar”
En el Evangelio de Mateo 6: 9, encontramos:
“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.”
El Padre Nuestro surge como respuesta a una petición de los discípulos:“Enséñanos a orar.”
Habían visto milagros, poder sobre la naturaleza, autoridad sobre espíritus, pero no pidieron ese poder. Pidieron aprender a orar.
Es una petición noble y profunda. Surge una pregunta:¿Sigue existiendo en nosotros ese deseo? Si Dios nos dijera “pídeme algo”, ¿diríamos “enséñame a orar”?
Lo que uno desea profundamente suele definir su vida.
Santificado sea tu nombre
Jesús continúa diciendo: “Santificado sea tu nombre.”
Esto no significa que nosotros hagamos a Dios santo. Él ya lo es plenamente. Los seres celestiales proclaman continuamente: “Santo, santo, santo.”
Santificar a Dios no es hacerlo más santo, sino:
Reconocer su santidad
Honrarlo por lo que es
Exaltar su nombre
Es una petición: que su nombre sea glorificado en nosotros.
Una oración que comienza correctamente. La oración no comienza pidiendo cosas. No empieza reclamando milagros. Comienza adorando, honrando, reconociendo quién es Dios.
Es una expresión de admiración por su grandeza. Un reconocimiento de su paternidad y su poder.
La necesidad de santidad en nosotros
Cuando hablamos de santidad, hablamos de una transformación interna. El ser humano perdió esa santidad, como vemos en Adán. También lo vemos en Moisés, en Isaías: todos confrontados por la santidad de Dios.
Por eso, esta petición implica: “Señor, sé santo en mí.”
Es una necesidad profunda: vivir en pureza, apartados para Él.
La pregunta es:¿Estamos viviendo de manera que agrade a Dios?
¿Qué significa santificar?
Santificar implica varias dimensiones:
1. Creer. Creer en Dios es santificarle. Confiar en su palabra es tratarle como santo.
La manera de tratar a Dios como santo es confiar en lo que dice.
2. Temer. El temor de Dios es respeto reverente. Cuando tememos a Dios, le santificamos en nuestra vida.
3. Obedecer. Obedecer su palabra es santificar su nombre. Su palabra nos limpia cuando la vivimos.
4. Glorificar. Dar gloria, honra y reconocimiento a Dios. Santidad y glorificación van unidas.
Santificado es una petición.
No es una declaración, es una petición: “Señor, haz tu nombre santo en mí. Límpiame, transfórmame, acércame a ti.” Muchas veces nuestra vida no está alineada con la voluntad de Dios. Por eso esta oración es tan necesaria.
El significado de su nombre
Cuando Jesús dice “tu nombre”, está hablando de algo profundo. En la tradición hebrea, el nombre representa: La esencia, la identidad, las obras realizadas. Dios se revela como “Yo soy”: el eterno, el existente, el principio y el fin.
Los nombres que el pueblo de Israel daba a Dios nacían de experiencias: proveedor, sanador, protector, poderoso en batalla. El nombre de Dios está ligado a lo que Él hace en la vida de su pueblo.
Representamos su nombre. Portamos el nombre de Dios en nuestra vida diaria.
En nuestro trabajo, en la calle, en nuestras decisiones… representamos su nombre.
La pregunta es: ¿Lo honramos o lo manchamos?
Como aquel joven que rechazó hacer algo incorrecto diciendo:“No quiero manchar el nombre de mi madre.” Nosotros también llevamos el nombre de Dios.
Una llamada a la sinceridad
Decir “santificado sea tu nombre” implica reconocer:
Nuestra necesidad de Dios
Nuestra falta de pureza
Nuestro deseo de transformación
Es una oración de humildad. No se trata de apariencia religiosa, sino de una vida genuina delante de Dios.
El verdadero inicio de la oración. Antes de pedir provisión o protección, debemos comenzar reconociendo: ¿Quién es Dios? ¿Cuánto le necesitamos?
Solo así la oración toma su verdadero sentido.
Conclusión
“Santificado sea tu nombre” es una petición para que Dios sea glorificado en todo lo que somos y hacemos. La única manera de santificar su nombre es a través de una vida rendida a Él. Reconociendo: “Señor, te necesito. Necesito tu pureza, tu transformación, tu presencia en mi vida.”




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