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LA SATISFACCIÓN DE LA TAREA TERMINADA

  • 22 jul
  • 4 min de lectura
"Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese."Juan 17:4
Vivimos en una época obsesionada con el rendimiento. Nos enseñan que nuestro valor depende de cuánto producimos, cuánto ganamos o cuántas metas alcanzamos.

Corremos de una obligación a otra, intentando cumplir expectativas que nunca parecen terminar. Sin embargo, en medio de esa carrera constante surge una pregunta mucho más importante:

¿Estamos ocupados… o estamos cumpliendo el propósito para el que Dios nos creó?
En Juan 17 encontramos una de las escenas más profundas de toda la Escritura. Horas antes de ser arrestado y crucificado, Jesús dirige una oración al Padre. No es una oración cualquiera: es la conversación íntima entre el Hijo y el Padre justo antes de consumar la obra de la redención. Y en medio de esa oración pronuncia una frase extraordinaria:
"Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese." Juan 17:4
Estas palabras resumen toda una vida y nos ofrecen un modelo para entender qué significa realmente tener éxito delante de Dios.

Jesús vivió con un propósito claro. El Evangelio de Juan presenta a Jesús como el Verbo hecho carne, Dios manifestado entre los hombres. Su vida nunca fue improvisada. Cada paso respondía al plan perfecto del Padre.

Eso revela una verdad fundamental: Dios también tiene un propósito para cada uno de nosotros.Nuestra existencia no es producto del azar. No somos un accidente ni estamos aquí simplemente para sobrevivir.

Dios nos diseñó con una misión específica y desea que descubramos el lugar donde nuestra vida cobra verdadero sentido. Cuando una persona desconoce ese propósito, puede llenar sus días de actividad y, aun así, sentirse profundamente vacía.

Puede alcanzar éxito profesional, reconocimiento o estabilidad económica, pero seguir experimentando la sensación de que falta algo. Como dijo alguien en su lecho de muerte después de dedicar toda su vida a trabajar y prosperar económicamente:
"Busca lo espiritual; nada satisface."

Existe una frase que resume perfectamente este desafío: La mayor tragedia no es fracasar en aquello que intentas hacer; la mayor tragedia es tener éxito en aquello para lo que Dios nunca te llamó.

Esa afirmación cambia completamente nuestra manera de medir el éxito. La sociedad nos impulsa a producir más, acumular más y destacar más. Pero Dios no nos preguntará cuántas cosas hicimos, sino si fuimos fieles a aquello que Él nos encomendó.


Glorificar a Dios en la tierra

Cuando Jesús afirmó: "Yo te he glorificado en la tierra", estaba diciendo mucho más que haber pronunciado palabras acerca del Padre. Glorificar a Dios significa hacerlo visible.

Jesús mostró al Padre con su forma de vivir:

  • sirviendo a los necesitados;

  • acercándose al marginado;

  • sanando al enfermo;

  • mostrando misericordia;

  • revelando el amor de Dios en cada acción.


Por eso pudo decir:

"El que me ha visto a mí, ha visto al Padre."

Ese sigue siendo el llamado para la Iglesia. Nuestra misión no consiste únicamente en hablar de Dios, sino en reflejar su carácter en medio de la vida cotidiana. No glorificamos a Dios aislándonos del mundo, sino viviendo como discípulos de Cristo en nuestro hogar, en el trabajo, en la universidad, en los negocios y en cada relación diaria. Es precisamente en la tierra donde Dios quiere ser glorificado.


La diferencia entre estar ocupado y cumplir una misión. Jesús continúa diciendo:
"He acabado la obra que me diste que hiciese." Juan 17:4

Es interesante que no habla de "obras" en plural, sino de la obra. Vivimos rodeados de distracciones. El activismo puede hacernos sentir importantes mientras nos aleja de lo verdaderamente esencial. Podemos pasar años haciendo muchas cosas... pero no necesariamente aquello para lo que Dios nos llamó.


Las redes sociales, las preocupaciones económicas, las responsabilidades diarias e incluso algunas actividades religiosas pueden ocupar tanto espacio que terminamos perdiendo de vista la asignación que Dios preparó para nosotros. Jesús nunca vivió así.


Todo cuanto hizo apuntaba a una sola misión: revelar al Padre y rescatar a la humanidad.

Esa claridad le permitió llegar al final de su vida diciendo que había cumplido la tarea.


Descubrir nuestra asignación

La pregunta entonces es inevitable: ¿Cuál es la obra que Dios te ha encomendado?

Esa obra no siempre será un ministerio visible.

  • Para algunos será formar una familia que honre a Cristo.

  • Para otros será ejercer una profesión con integridad.

  • Habrá quienes sirvan desde el comercio, la enseñanza, el liderazgo, la empresa, la música o el pastorado.

Lo importante no es el lugar donde sirves, sino que allí manifiestes a Cristo. Dios llama personas a distintos ámbitos, pero el objetivo siempre es el mismo: que su gloria sea visible a través de nuestras vidas.


El verdadero éxito. Cuando Jesús dijo estas palabras en Juan 17 todavía no había llegado a la cruz. Sin embargo, ya hablaba con la seguridad de quien sabía que cumpliría perfectamente la voluntad del Padre. Horas más tarde pronunciaría desde la cruz otra declaración inolvidable:
"Consumado es."

Su misión estaba completa.

El apóstol Pablo expresaría años después algo parecido:

"He acabado la carrera, he guardado la fe."

Ambos terminaron la obra que Dios les había confiado. La pregunta es inevitable: ¿Qué podremos decir nosotros cuando llegue el final de nuestra carrera?


Una invitación a revisar nuestra vida

Quizá llevamos meses —o incluso años— ocupados, pero no enfocados. Tal vez hemos permitido que la rutina sustituya el propósito.


Hoy es un buen momento para detenernos y hacer un inventario espiritual.

Preguntémonos con sinceridad:

  • ¿Estoy viviendo el propósito de Dios o simplemente sobreviviendo?

  • ¿Estoy construyendo mi propio reino o colaborando con el Reino de Dios?

  • ¿Estoy invirtiendo mi vida en aquello que realmente permanecerá?


Cristo ya recorrió el camino antes que nosotros. Él cumplió perfectamente la voluntad del Padre y, por su gracia, también nos capacita para cumplir la nuestra. No se trata de vivir con ansiedad por demostrar nuestro valor, sino de descansar en la obra de Cristo y permitir que Él dirija nuestros pasos.


Al final, el éxito no se medirá por la cantidad de logros acumulados, sino por la fidelidad con la que respondimos al llamado de Dios. Porque una vida verdaderamente realizada no es la que hace más cosas, sino la que termina pudiendo decir:

"He cumplido la tarea que Dios me encomendó."

 
 
 

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