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ASÍ COMO PERDONAMOS

  • 9 jun
  • 5 min de lectura

Hoy continuamos con nuestra serie sobre El Padre Nuestro, una enseñanza que nos está llevando a profundizar en la oración que Jesús enseñó a sus discípulos. Es un tiempo para recordar lo que el Señor ha hecho en nuestras vidas y para crecer juntos como comunidad de fe.


La vida cristiana se vive en comunidad: nos acompañamos, nos apoyamos y caminamos juntos en el proceso de madurez espiritual.


El Padre Nuestro: una enseñanza profunda. El Padre Nuestro no es una oración mecánica ni un ritual vacío. No se trata de repetir palabras para obtener resultados automáticos.

Es una enseñanza viva que revela el corazón de Dios y nos forma en la manera en la que debemos relacionarnos con Él.


En esta oración encontramos enseñanzas sobre:

  • La provisión diaria.

  • El Reino de Dios.

  • La voluntad del Padre.

  • La santificación de su nombre.

  • La tentación.

  • Y de forma central, el perdón.

Hoy nos detenemos en este último punto.


El perdón en el Padre Nuestro

Jesús enseña en Mateo 6:12:

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Mateo 6:12

Este principio es reforzado inmediatamente después:

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” Mateo 6:14-15

Aquí el perdón no es un detalle secundario, sino una realidad central de la vida espiritual.

Jesús establece una relación directa entre recibir y dar perdón. La expresión “así como” revela un principio espiritual profundo: la forma en que tratamos a otros refleja lo que hemos entendido del perdón de Dios.


Quien ha sido profundamente perdonado, está llamado a perdonar. El perdón no es simplemente una emoción o una decisión superficial. Es una evidencia de transformación interior.


El perdón y la vida espiritual

El perdón es una medida real del estado de nuestra vida espiritual. Si recibimos constantemente la misericordia de Dios, pero no somos capaces de extenderla a otros, algo no ha sido plenamente entendido en nuestro interior. El perdón no es opcional ni circunstancial. Es una manifestación del carácter de Cristo en nosotros.


La relación entre Dios y las personas. En el contexto judío, la relación con Dios estaba profundamente ligada a la relación con los demás. Jesús lo expresa en Mateo 5:23-24:
“Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano.” Mateo 5:23-24

No era posible separar la espiritualidad de la convivencia humana. La adoración a Dios requería un corazón en paz con los demás.


La inevitabilidad de la ofensa. Jesús también nos muestra una realidad clara: todos seremos ofendidos en algún momento. No importa cuán cuidadosos seamos, vivimos en un mundo donde las relaciones humanas son imperfectas. Las ofensas pueden ser:
  • Intencionales o accidentales.

  • Leves o profundamente dolorosas.

  • Momentáneas o de largo impacto.

Pero todas tienen algo en común: nos confrontan con la necesidad de decidir cómo responder.


Dos caminos ante la ofensa

Ante una ofensa existen dos caminos:

  1. Convertirnos en prisioneros del dolor.

  2. Recibir sanidad a través del perdón.


Cuando no perdonamos, la ofensa no desaparece. Permanece en nuestro interior y comienza un proceso de resentimiento. Ese resentimiento hace que revivamos constantemente el daño, afectando nuestras emociones, pensamientos e incluso nuestra salud.


El impacto del resentimiento. El resentimiento no es pasivo. Reproduce el dolor una y otra vez en nuestra mente. La persona puede incluso no estar presente, pero el recuerdo del daño sigue activo.

Diversos estudios han mostrado que el resentimiento activa regiones del cerebro asociadas al peligro, generando respuestas de estrés, tensión emocional y reacciones físicas como aumento del cortisol, ansiedad y desgaste del sistema inmunológico.

El resultado es que una herida del pasado puede seguir dañando el presente.


La raíz de amargura. La Biblia advierte en Hebreos 12:15:
“Mirad bien, no sea que brotando alguna raíz de amargura os estorbe y por ella muchos sean contaminados.” Hebreos 12:15

La amargura actúa como una raíz oculta que crece en lo profundo del corazón. Con el tiempo, no solo afecta una experiencia puntual, sino que transforma la manera en que vemos a los demás: Generalizamos el dolor, desconfiamos de las personas, interpretamos la realidad desde la herida. La ofensa deja de ser un hecho y se convierte en una identidad emocional.


El peligro del odio. Cuando la amargura crece, puede llevar al deseo de venganza.

En ese punto, el corazón deja de buscar justicia y comienza a desear el mal del otro. Esto endurece la conciencia y apaga la sensibilidad espiritual.


La persona ya no percibe el daño que puede estar causando a otros, porque ha quedado atrapada en el ciclo de la ofensa.


Romper el ciclo: el perdón

La Palabra enseña en Romanos 12:21:

“No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.” Romanos 12:21

El perdón es el acto que rompe este ciclo destructivo. Perdonar no significa ignorar el daño ni justificarlo. Significa decidir no seguir reproduciendo el mal recibido. Es renunciar a la deuda emocional que sentimos que otros tienen con nosotros.


El ejemplo de Jesús. Cuando Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar, Jesús responde:
“No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.” Mateo 18:22

Esta expresión no es matemática, sino espiritual. Jesús está enseñando que el perdón no debe tener límites. Mientras el mundo responde con venganza, el Reino de Dios responde con perdón.


La decisión de perdonar. Perdonar es decidir: no cobrar la deuda emocional, no exigir reparación personal del daño, entregar a Dios la justicia. Es un acto de confianza en que Dios es el juez justo.

El perdón como entrega. Perdonar es soltar la ofensa como una “semilla” que ya no se sigue regando con el recuerdo, la imaginación o el resentimiento. Cuando dejamos de alimentar el dolor, esa semilla deja de crecer en forma de amargura.

Recordar el perdón recibido

El perdón hacia otros nace del recuerdo del perdón que hemos recibido. Dios nos ha perdonado mucho más de lo que podríamos perdonar a otros. La cruz de Cristo es la máxima expresión de ese perdón:

“Mas él fue herido por nuestras rebeliones… y por su llaga fuimos curados.” Isaías 53

Cuando entendemos esto, el perdón deja de ser una obligación y se convierte en una respuesta natural del corazón.


Conclusión

Hoy es un momento para reflexionar:

  • ¿A quién necesitas perdonar?

  • ¿Qué heridas sigues cargando?

  • ¿Qué deudas emocionales estás intentando cobrar?

El perdón no borra el pasado, pero sana el presente. Es una decisión de libertad.


Oración final

Señor, ponemos delante de ti cada herida, cada ofensa y cada dolor. Te entregamos aquello que todavía pesa en nuestro corazón. Ayúdanos a soltar el resentimiento y a recibir tu sanidad. Enséñanos a perdonar como tú nos has perdonado. Que tu paz llene nuestras vidas y que el odio no tenga lugar en nosotros. En el nombre de Jesús. Amén.


Iglesia, perdonemos así como hemos sido perdonados.

Dios les bendiga.

 
 
 

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